Este libro nace de una sensación que me acompañó mucho tiempo: yo estaba presente, pero entendía mejor la parte fácil del día. Jugar me salía solo. Lo difícil venía después. Recoger a un niño cansado del colegio, cerrar un juego, mantener un límite y llegar a la noche sin convertirlo todo en una lucha me obligó a aprender de otra manera.
Poco a poco empecé a ver que muchas explosiones se preparaban antes del grito. Había señales. Algunas tardes pedían menos palabras. Algunos cambios necesitaban aviso. Algunas rutinas funcionaban mejor cuando tenían un orden reconocible.
El libro recorre ese aprendizaje sin convertir a mi hijo en el problema. Tampoco me coloca a mí como ejemplo. Cuenta un camino real, con dudas, torpezas y pequeñas cosas que empezaron a ayudar.














