El libro recorre escenas muy reconocibles: negarse a marcharse, discutir una norma, provocar para cambiar el foco y seguir insistiendo hasta comprobar si el adulto cede.
A partir de ahí separo lo que hago cuando todavía puede escuchar, lo que hago cuando ya está desbordado y lo que dejo para después. Hablo de consecuencias relacionadas, provocaciones, insultos, agresiones y reparación.
También aparecen recordatorios sencillos que me ayudan a no perderme en mitad del conflicto. No pretenden ser fórmulas. Son una manera de acordarme de qué quiero hacer cuando la teoría desaparece y delante tengo a un niño muy enfadado.














