El recorrido empieza en escenas muy normales: levantarse, vestirse, comer, salir de casa, entrar al colegio y volver con el día encima. Después aparecen el juego, las transiciones, la frustración y la noche.
Yo fui probando cosas pequeñas. Un muñeco podía preparar una situación. Un cuento podía explicar algo que una charla no conseguía. Una rutina conocida podía dar seguridad. A veces bastaba con avisar antes. Otras veces tocaba cambiar de plan.
El libro no intenta poner una etiqueta a cada conducta. Cuenta cómo empecé a leer mejor a mi hijo y por qué el diagnóstico, cuando llegó, no cambió quién era él. Me ayudó a ordenar muchas cosas que ya estaban delante de mí.














